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Infancia entre fusiles: los niños del califato que crecieron para la yihad

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Niños en un campo de entrenamiento.

En Siria hay menores que solo han conocido la versión más radical del Islam, y algunos han tenido formación para ser soldado.

“Los niños no tienen culpa” o “no miren a otro lado”, se lee en sus pancartas. Las llevan familiares de militantes del Estado Islámico (EI) que protestan frente al Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, en pleno corazón de Berlín. Son una treintena. Forman parte del colectivo de reciente formación que persigue la repatriación a suelo germano de mujeres y niños de origen alemán que se encuentran en los campos de Siria donde se hacinan los otrora habitantes del EI. Piden en vano una repatriación de sus familiares.

Hasta ahora, el Gobierno de la canciller Angela Merkel ha podido recoger un número reducido de menores hijos de miembros alemanes de la organización terrorista, según han informado los medios de comunicación germanos. Pero no se ha dado un número exacto de cuántos son ni dónde están ahora. En Siria, su situación causa preocupación a sus familiares de Alemania dadas las precarias condiciones de vida en las que están ahora estos niños y mujeres dentro de los campamentos controlados por milicias hostiles al EI.

Según las cuentas del diario francés Le Monde de principios de año, se estima que sólo en el noreste sirio -en manos ahora de las milicias kurdas de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS)- el número de mujeres asciende a 700. El número de niños alcanza los 1.500

Especialmente problemático resulta pensar en el futuro de estos menores. “Los niños son víctimas, ellos no eligieron encontrarse en esa situación”, dice a EL ESPAÑOL Talal Derki. Este cineasta sirio, afincado con su familia en Berlín desde 2013, vivió y filmó durante dos años y medio la vida en el seno de una familia de un yihadista del Frente Al-Nusra, milicia afín a Al-Qaeda también partidaria de la implantación de un estado islámico en Siria. 

En esa familia de la provincia de Idlib (norte sirio), había seis menores. Esos seis niños y su padre, Abu Osama al-Suri, son los principales protagonistas del documental que resultó de esa experiencia de Derki. Of Fathers and Sons o “De padres e hijos”, se titula el largometraje, que fue nominado a los Oscar de este año. En él se muestra, entre otras cosas, cómo el yihadismo convierte a los niños en soldados para la guerra santa en campos de entrenamiento para menores.

“La idea de esos campos es hacer de ellos soldados. Los preparan muy bien. Los niños y los adolescentes, si lo hacen bien, pueden ser muy buenos soldados. Los yihadistas no son los primeros que hacen esto. En el pasado, muchos dictadores lo han hecho. Lo hizo Saddam Hussein en Irak y Adolf Hitler en Alemania”, recuerda Derki. “Los niños y adolescentes aceptan las órdenes sin hacerse preguntas, están dispuestos a sacrificarse por las ideas que les inculcan”, abunda Derki.

Campamentos de niños soldado

En campos de entrenamiento yihadista para menores como el que él visitó cámara en mano tras ganarse la confianza de varios líderes locales del Frente al-Nusra, se viste de soldado a los niños. Éstos hacen ejercicio físico como si fueran militares. Se les enseña el uso de las armas y se les habitúa a ser disparados. Uno de los ejercicios a los que se someten a estos menores filmados por Derki consiste en disponer tumbados a los niños en el suelo. Una pequeña distancia separa a unos menores de los otros. El monitor del campo de entrenamiento dispara al suelo con un AK-47, apuntando precisamente en el pequeño espacio que dejan los niños

“A los niños se les está enseñando a luchar”, sostiene Derki, que ve un “problema que durará generaciones” en las infancias que el yihadismo ha truncado en zonas de guerra como son Siria e Irak. Que los padres comulguen con las ideas de grupos como el Frente Al-Nusra o el supuestamente derrotado EI en Siria e Irak también es parte de la problemática que plantean estos niños. En los menores, los “progenitores tienen un impacto muy fuerte”, según Derki. 

“Los niños no tienen más pasado que el de la guerra. Sus memorias y sus vidas están marcadas por una región del mundo donde todo está conectado con la guerra santa. No tienen más opciones ni conocen nada más”, dice Derki. “Sus padres les han mostrado a sus niños lo que tienen que ser. Los niños están conectados con los deseos de sus padres”, abunda.

Se cuentan por cientos los europeos radicalizados que en su día viajaron a luchar con el EI en Siria e Iraq. Los hay que tuvieron hijos allí. Aunque las autoridades germanas han reconocido “el derecho fundamental” del regreso de sus ciudadanos incluso estando bajo sospecha de ser miembros del EI, una repatriación masiva no está teniendo lugar en Alemania. En Francia se va “caso por caso” en materia de repatriación, según los términos de la ministra gala de Justicia, Nicole Belloubet. 

Un lugar para los niños que no es Siria ni Europa

Sobre los niños, Derki no entiende que sea la mejor opción facilitar el regreso de esos menores en compañía de sus padres. Ni siquiera ve del todo bien que esos niños se pongan en manos de otros familiares, como los que se manifestaban hace unos días a las puertas del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores.

“Habría que buscarles un lugar”, dice Derki. “Desde luego Siria no es una solución, tampoco Europa. Convendría un tercer lugar, donde puedan encontrar un entorno pacífico y gente que pueda ayudarles, ya sean padres alternativos, profesores o apoyo psicológico”, abunda Derki. Su experiencia junto a los yihadistas le hace desconfiar de una posible normalización de estos niños en compañía de sus padres en Europa. 

“No creo que tengan que estar en contacto con sus padres. Sus padres son responsables de esa situación. Es obvio que están relacionados con la muerte de otras personas. Abuelos y otros familiares puede que sean buenos, pero lo que pasa es que estos niños, para empezar a cambiar, necesitan por lo menos un año de observación, con ayuda y seguimiento profesional y educación”, expone Derki. 

De lo que él no duda es de la capacidad de los menores de cambiar y abandonar la ideología del odio en con la que crecieron en su casa y en las escuela de la guerra santa. “Los niños están abiertos a las cosas nuevas, pueden encontrar algo nuevo y encontrar una pasión en eso. No están conectados con la religión sino con la idea de ser fuerte. En una zona de guerra, uno quiere ser fuerte”, dice Derki.

“Uno de los niños que yo filmé y que fue al campo de yihadista de entrenamiento lo hizo para ser más fuerte. No fue a ese campo de entrenamiento porque amara la sharia. Es sólo que quiere ser fuerte y no quiere que nadie le haga daño”, concluye.

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