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Sus majestades Pedroche y Mota, reyes indiscutibles de la Nochevieja

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La Nochevieja es esa velada de tradiciones eternas que se inventaron ayer. La última, el vestido de Santa Cristina Pedroche, aparición mariana que garantiza histerias y debates sobrados

La Nochevieja es esa velada de tradiciones eternas que se inventaron ayer. Desde lo de comerse las uvas, los ritos de toda la vida se han ido incorporando año tras año con la naturalidad de las mejores ficciones. La última, el vestido de Santa Cristina Pedroche, aparición mariana que garantiza histerias y debates sobrados para las primeras semanas del año. Por mucha bronca que se monte, teniendo en cuenta que veníamos de la capa española de Ramontxu, la tradición nocheviejera ha evolucionado a mejor.

Este año, Pedroche se apareció ante los españoles en Antena 3, contrapunteando a Chicote, vestida de hada del bosque, con un biquini floral de Tot-hom que no me atrevo a juzgar. Santa Cristina se exhibió en la Puerta del Sol satisfaciendo todas las expectativas, y el prólogo benefactor de la humanidad que pronunció antes del destape, que aludió al ecologismo y al asesinato de Laura Luelmo, no desmereció el folclore y la frivolidad posteriores. La novedad fue que, una hora después, Pedroche (esta vez, de sirena) y Chicote, aparecieron con Brays Efe dando las campanadas de Canarias, pero en la Puerta del Sol, cuyo reloj se retrasó para la ocasión. El guion fue un poco confuso y aludió a la posibilidad de quedar atrapados en un bucle espacio-temporal, lo que convirtió a Pedroche, Brays y el Chicote delgado en personajes de Philip K. Dick.

Jesús Calleja y Lara Álvarez jugaron la baza solidaria desde Sant Llorenç des Cardassar en las campanadas más largas. Álvarez amenazaba con presentarse como la alternativa seductora pero decente a la desinhibición de Pedroche, pero, en este duelo, Atresmedia derrotó a Mediaset en su propio terreno. Por más que lanzaran puyas (se pueden dar las campanadas con un traje, dijo Calleja, alabando la chaqueta de Álvarez), no hay quien pueda con Pedroche.

Igartiburu y su brazo floral, como de superheroína que dispara pétalos, mantuvo alto el listón del clasicismo de las uvas. Se sigue echando de menos a Ramontxu y su capa, pero la manga del vestido no dejaba sitio para ver otra cosa, ni siquiera al debutante Roberto Leal, que cumplió dignamente su papel de comparsa.

La Sexta ofreció la versión más sosa, con una Cristina Pardo y un Iñaki López a los que cuesta ver en un contexto sin tertulianos ni bronca política.

Antes de atragantarnos y confundirnos con los cuartos, en La 1, José Mota perpetuó la muy noble tradición del humor blanco de fin de año. Mota representa una España inmortal a su manera, que le gusta reconocerse en ese rato de guasa bien hecha y sin militancias de anuncio de embutido. Aunque, burla burlando, compuso una de las mejores crónicas de uno de los años políticos más interesantes y desquiciados de la democracia española. El retrato del Rajoy en retirada, que se va en Cabify a Santa Pola, tenía ribetes tragicómicos. Pese a quien pese, Mota fue lo mejor de la previa campanera. Como siempre. En la Nochevieja del siglo XXI mandan Pedroche y Mota.

La otra España, la que no se casa ni tiene hijos, se pudo encontrar en La 2, con sus Cachitos de hierro y cromo, en la Nochevieja más elitista e irónica, y también la más optimista, porque su público potencial seguramente no enciende la tele. Es probable que ni siquiera tenga tele. Virginia Díaz meditaba en un monólogo interior que, para 2018 se veía como una estrella de la tele, pero de La 1, como Anne Igartiburu. Yo entiendo su rollo, pero los espectadores de Igartiburu, no creo.

De los refritos de Antena 3, para qué hablar, y reconozco que me faltó cuerpo para quedarme mucho rato en esa honda investigación de campo antropológica llamada First Dates, aunque me dio para ver la actuación de Tequila, con el deseo de Alejo Stivel de que liguemos mucho en 2019. La letra (“yo quería ser normal, pero no lo conseguía”) define a la perfección el espíritu del programa.

Y después, ¿qué importa el después? Eros Ramazzotti, playback, música de churrería. Lo que se espera y lo que se quiere en una noche de eterno retorno. Para qué más.

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